Conquistador de Chile y fundador de esta nación. N. hacia 1502 en uno de los pueblos del valle de La Serena, en Extremadura, disputándose su cuna Castuera, Villanueva, Zalamea y Campanario, donde estuvo ramificado su linaje de estirpe hidalga. De su educación no se guardan noticias, pero puede presumirse esmerada, a juzgar por el estilo de sus cartas. Hace sus primeras armas en Flandes, de donde pasa a Italia a participar en la guerra que allí sostiene Carlos I de España con Francisco I de Francia. Lucha a-las órdenes del marqués de Pescara, y en 1525 participa en la batalla de Pavía. Con el grado de capitán retorna un tiempo a Extremadura y allí casa con Marina Ortiz de Gaete. Pero pronto el ansia de aventura le hace abandonar la tranquilidad del hogar y partir a América en 1535. Permanece breve tiempo en Venezuela, pues el medio no se le presenta propicio a sus anhelos de gloria; y ante un pedido de refuerzos que formula Francisco Pizarro (v.) a la Audiencia de Santo Domingo, no vacila en enrolarse con otros 400 soldados y partir rumbo al Perú, donde llega a comienzos de 1537.
El espíritu sagaz de Pizarro capta desde el primer momento las condiciones nada comunes de V.: su fidelidad, su valentía, su extraordinario talento de estratega. En la guerra civil que ha de mantener con su antiguo socio Diego de Almagro (v.), Pizarro nombra a V. maestre de campo de sus tropas. Por cierto que no se equivoca en la elección, pues V. destroza el ejército de Almagro en la batalla de las Salinas en 1538. En recompensa obtiene una encomienda de indios en el valle de la Canela y una rica mina en el cerro de Porco en la región de Charcas. Uno y otro beneficio pueden colmar la sed del más codicioso, pero V. busca algo diferente, que el medio del Perú no puede proporcionarle: la conquista de una gloria personal y exclusiva. Es así como medita emprender una acción difícil, casi temeraria, en busca del renombre anhelado.
Pizarro había obtenido de la corona permiso para conquistar y poblar las tierras situadas al 8 de su gobernación, que le son otorgadas a Almagro (v.) y que éste, después de un recorrido fugaz, deja desamparadas. No parece que en Pizarro hubiese existido por entonces el ánimo de expedicionar a dichas regiones que, comparadas con el Perú, eran mucho menos pobladas y ricas. Por eso no deja de admirarse que V. le solicite licencia para realizar por sí esta empresa y abandonar, en pos de una quimera, la encomienda y la mina que estaba usufructuando. Procura disuadirle de sus propósitos, pero ante su insistencia accede a su petición. El expedicionario, sin colaboración oficial y sólo afirmado en su voluntad inflexible, se lanza a una aventura oscura, que ve iluminada por la fe. Con el título de teniente gobernador de Pizarro, único aporte del último, realiza contratos de compañía con mercaderes para procurarse recursos económicos, y uno especial con Pero Sancho de Hoz, que tenía autorización para explorar y gobernar las tierras al S del estrecho de Magallanes, quien se compromete a aportar dos navíos cargados de bastimentos, aparte de caballos y armas.
La expedición a Chile. Con unos 11 acompañantes, comprendida una mujer arrojada, Inés Suárez, y unos 1.000 indios de servicio, V. parte del Cuzco al iniciarse enero de 1540. Toma hacia el S el penoso camino del desierto y, en el curso de los meses siguientes, se le unen otros refuerzos procedentes de una fracasada expedición a la región de los indios chunchos y chiriguanos en el Alto Perú. Logra así reunir una hueste de 150 españoles, entre los que destacan por su sobresaliente personalidad Francisco de Villagra, Jerónimo de Alderete, Francisco de Aguirre y Rodrigo de Quiroga. La ayuda convenida con Pero Sancho de Hoz jamás llega, pues éste derrocha sus caudales en el juego en Lima y á parece arteramente una noche en el campamento de V., en el desierto de Atacama, resuelto a darle muerte y sustituirle en el mando de la expedición. V. le perdona y aún le permite continuar en la expedición, previa renuncia a todo derecho en ella.
Tras diversos altos en la ruta, algunos de ellos prolongados, la hueste alcanza el valle de Copiapó, en los 27° de lat. S, donde comenzaba, según las provisiones de Pizarro, el país que debía someter Valdivia. Éste, en solemne acto, toma posesión del territorio en nombre del rey y lo denomina Nueva Extremadura, en recuerdo de su tierra natal. Al cabo de dos meses de descanso, sigue la hueste hasta el valle de Aconcagua, apreciable por su fertilidad y la riqueza de sus lavaderos de oro. Más conocido dicho valle por el nombre de Chile, dará su denominación a toda la amplia comarca y primará sobre la de Nueva Extremadura que le impusiera Valdivia. Prosiguiendo su viaje, los expedicionarios llegan, en diciembre de 1540, al valle del Mapocho y establecen allí su campamento. Era el lugar ameno y feraz, y V. lo escoge para instalar la primera población y el centro de las futuras operaciones de conquista. Con toda solemnidad, el 12 feb. 1541 declara fundada la ciudad de Santiago (v. SANTIAGO DE CHILE II), y un mes después instituye su cabildo. Con él se inicia el trasplante a Chile de las instituciones jurídicas castellanas, base de la colonización emprendida.
En los meses próximos circula la noticia, que llega por boca de los indios desde el Perú, que allí los partidarios del difunto Almagro se habían alzado y dado muerte a Francisco Pizarro. Este hecho produce la automática caducidad del título de teniente gobernador que ostenta Valdivia. Los pobladores temen que una persona extraña llegue desde el Perú a asumir el mando y a favorecer a gente nueva, que nada había hecho por la colonización de Chile. De ahí que el cabildo, interpretando el sentir de la mayoría, estime prudente otorgar a V. el título de gobernador interino, mientras el rey provea en definitiva. Aunque el aludido aspira al cargo y ve así cumplida su esperanza de mandar autónomamente en el territorio, se muestra cauteloso de dar cualquier paso en su favor, sabiendo que Pero Sancho de Hoz y sus parciales, aunque pocos, espían maliciosamente sus menores pasos y pretenden exhibirle como rebelde. Rehúsa, pues, V. una y varias veces el mando que se le ofrece y sólo acaba aceptándolo cuando todos los pobladores reunidos en cabildo abierto están dispuestos a elegir otro gobernador si persiste en su actitud negativa.
No concluye 1541 sin que la colonización experimente un grave contratiempo. En septiembre, un fuerte y sorpresivo ataque de los indios a la naciente ciudad de Santiago la reduce a escombros, causa la muerte de dos españoles, resultaron heridos muchos otros y acaba con la mayor parte de los animales y bastimentos traídos desde el Perú. La situación se torna realmente desesperada; pero la entereza de V. puede más que el infortunio. Envía una expedición al Perú en busca de auxilios, reedifica Santiago y cuida con esmero la multiplicación del escaso trigo y pocos animales salvados de la catástrofe. Este estado de abandono e inseguridad demora dos años, hasta que son recibidos los refuerzos solicitados. Pero los hombres y bastimentos llegados, aunque útiles, resultan insuficientes. Una exploración practicada por V. varias leguas al S de Santiago, así como también un viaje por mar que por su orden realiza el piloto genovés Juan Bautista Pastene, con objeto de alcanzar hasta el estrecho de Magallanes, y que se detiene a los 41° de lat. S, convencen al caudillo de que necesita mayores recursos para ampliar la colonización. Resuelve entonces buscarlos personalmente en Perú, usando para ello uno de los dos barcos en los que habían llegado los rogados auxilios.
Valdivia, gobernador y poblador. Llegó V. al Perú en una hora crítica. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco (v. PIZARRO, FAMILIA), se había alzado contra el rey y éste había enviado para poner orden en la tierra a un hombre de singular prudencia: Pedro de La Gasca (v.). V. se pone a sus órdenes, y con su reconocido talento de estratega derrota a Gonzalo Pizarro en la batalla de Jaquijahuana (1548). La Gasca, que poseía amplias facultades del rey y estaba agradecido del apoyo de V., le concede en propiedad el título de gobernador de Chile, señalándole por jurisdicción desde el valle de Copiapó hasta los 41o de lat. S, y desde el océano Pacífico hasta 100 leguas al interior. Si lo último pone bajo el mando de V. territorios al oriente de los Andes, lo primero deja fuera de la gobernación de Chile el estrecho de Magallanes, contrariando así las aspiraciones del conquistador.
Cuando se apresta a retornar a Chile, V. es detenido por La Gasca para someterle a un proceso. Émulos del caudillo, por medio de denuncias anónimas, le habían acusado de cometer violencias y despojos entre los colonos de Chile. La Gasca practica una cuidadosa investigación, que remata en una sentencia absolutoria. En abril de 1549, V. regresa a Chile, con 200 hombres de auxilio, para continuar su tarea colonizadora. Envía al Norte a Francisco de Aguirre a repoblar la ciudad de La Serena, destruida por los indios, y sigue luego en persona al Sur, resuelto a ampliar la conquista. En las márgenes de la bahía de Penco funda el 5 oct. 1550 la ciudad de Concepción, dotada de excelentes comunicaciones marítimas y buen abastecimiento pesquero; y en la confluencia de los ríos Cautín y Damas echa las bases de una nueva ciudad, La Imperial, el 16 abr. 1552. La región estaba muy poblada de indígenas y los vecinos logran el beneficio de ricas encomiendas. El fervor fundacional no se detiene y surgen otras poblaciones: Valdivia (v.), Villarrica y Los Confines. V. envía además a Francisco de Villagra y a Francisco de Aguirre a hacer efectiva su jurisdicción en las regiones al oriente de los Andes, y al piloto Francisco de Ulloa al estrecho de Magallanes, que explora favorablemente.
En la empresa colonizadora, V. se muestra no sólo como militar valiente, sino también como gobernante avezado. Su don de mando y espíritu de iniciativa le permiten mantener la disciplina en la hueste heterogénea donde se emboscan algunos adversarios, orientar el trabajo de la tierra y de los lavaderos de oro, dirigir las obras públicas, difundir entre españoles e indios las primeras letras, dictar para los últimos normas protectoras y cuidar de su evangelización. Además hace llegar al rey, en periódicas cartas, una relación minuciosa de los progresos y azares de la expedición, transformándose así en el primer historiador de la conquista de Chile. En dichas cartas incluye valiosas informaciones sobre la geografía y la fauna de Chile y las costumbres de los aborígenes. En ocasiones, su pluma se exalta para alabar las excelencias del país. Revela así ánimo resuelto a radicarse definitivamente en el país y a no comprar un palmo en España, como dice Carlos V, «aunque tuviese un millón de ducados». Pero no se contenta con el grado 41 como frontera Sur de su gobernación, sino que aspira a extenderla hasta el estrecho de Magallanes. Para el logro de este anhelo y la obtención de otras mercedes, envía a la corté a Jerónimo de Alderete. El 29 sept. 1554, Carlos V, considerando los méritos del peticionario, amplía la gobernación de Chile hasta el estrecho y da a V. los títulos de adelantado y caballero de la Orden de Santiago. Estas concesiones no las goza el favorecido, porque ya había muerto.
En efecto, en diciembre de 1553, los indígenas atacan el fuerte de Tucapel e inician un movimiento de agitación al S del río Bío-Bío. V., con unos 50 soldados y varios indios de servicio, sale de Concepción rumbo a ese sitio, con la intención de reunirse allí el día de Navidad con otros españoles. Pero lo que le espera en Tucapel es una emboscada. Los araucanos (v.), al mando de su jefe Lautaro, le atacan en oleadas sucesivas hasta producir el agotamiento del gobernador y sus compañeros. Derribado del caballo en un intento imposible de repliegue, el valeroso caudillo cae al fin prisionero de sus enemigos, que le dan muerte (25 dic. 1553). La trágica desaparición de V., si bien representa un grave trastorno en el desarrollo de la colonización española en Chile, no la detiene. Su obra había echado hondas raíces y es proseguida sin desmayo por sus sucesores. Por su tarea civilizadora, su amplia visión política y su amor a la tierra conquistada, que se transparenta en sus notables cartas al rey, V. abre allí un horizonte histórico. Puede considerársele el fundador de la nacionalidad chilena. |